Cómo reconocer la voz de Dios

Es indudable que una persona creyente desea coincidir con la voluntad de ¡Dios y no ir por sus propios caminos. Pero, ¿cómo me manifiesta Dios su voluntad? Dios revela su voluntad a través de su Palabra (la Biblia). Quien presta atención a los principios bíblicos referentes a la pareja está prestando atención a la voluntad de Dios. Pero quien desprecia la guía del camino de la Biblia está despreciando la voluntad de Dios.

Jay Adams escribió sobre este tema: “Un momento, responderás tú, ¿qué de los versículos de la Biblia que hablan de la guía del Espíritu Santo? ¿No se habla allí claramente de una guía independiente de la palabra de la Biblia?

La realidad es que en ninguna parte (Ro. 8.14 y Gá. 5.18, 22) se dice nada semejante.

Ninguno de los pasajes tiene algo que ver con un proceso de decisión. Ambos tienen la santidad en la mira, es decir, caminar por el camino correcto mediante la fuerza del Espíritu Santo. Este camino es, según Pablo, la señal manifiesta para la justificación del cristiano (Romanos) y la marca esencial de una nueva actitud, en oposición a la manera de vivir vieja (Gálatas). El Espíritu Santo “empuja” al cristiano (lo motiva) a preferir los caminos de Dios y no los “de la carne”. Querer tomar estos textos como determinantes para decisiones personales sería malinterpretarlos. Aun si en estos pasajes se tratara lejanamente de la guía en el proceso de decisión, no se habría logrado ninguna prueba definitiva para una conducción fuera de las Escrituras. Aun en ese caso se podría (y debería) argumentar que el Espíritu Santo habla por medio de su Palabra (He. 10.15).

¡Cuánta liberación trae a nuestra vida cristiana el saber que Dios nos dejó instrucciones claras, que no nos ha dejado en la oscuridad en cuanto a su voluntad, sino que nos ha dado principios y directivas bíblicas!

Estas directivas bíblicas conducen ya de entrada a decisiones claras: allí está la hermosa Gabi, que sin embargo no es creyente. Por ahí alguien conoce a ese muchacho serio Enrique, que sin embargo da tantas vueltas alrededor de sí mismo que no surge ninguna conversación auténtica ni intercambio profundo. Aquí está la buena de Rosita, que ciertamente visita el culto dominical, pero que no tiene tiempo para un servicio cristiano, porque no está dispuesta a dejar ninguna de sus aficciones (especialmente, el deporte de competición).

Todas estas personas quedarían excluidas, en este momento, como pareja para un cristiano comprometido.

La decisión

Presuponiendo que te has tomado tu tiempo, has analizado y pedido la sabiduría de Dios (sabiduría: que se puedan contemplar las cosas así como Dios las ve). Ya has tomado decisiones y, sin embargo, te encuentras delante de más de una “posibilidad”. ¿Y ahora, qué?

Jay Adams describe la situación de un joven (Alberto), que goza de la simpatía de dos jóvenes cristianas (Juana y Gabriela), las que llenan los requisitos bíblicos:

“¿Cómo puedo ahora reconocer cuál de ellas es la que Dios me asignó como esposa?” se pregunta Alberto. Debemos rechazar definitivamente una manera de pensar así.

La voluntad de Dios puede contemplarse desde dos perspectivas. Por un lado podemos decir en un sentido definitivo que Dios desea (o determina) que algo ocurra (o que algo sea como es). En este sentido (compara Ef. 1.11) podemos hablar de una mujer que Dios “determinó” para Alberto. Existe y puede haber en definitiva solo una mujer para él.

Pero podemos hablar aun en otro sentido de la voluntad de Dios y, visto así, la pregunta de Alberto es desapropiada. Desde esta segunda perspectiva podemos ver la voluntad de Dios en sus instrucciones, formuladas en los mandamientos bíblicos. Lo que Dios ha determinado (porque se realizará a través de lo que hará) no se cubre siempre con aquello que nos ha mandado en una forma generalizada a través de la Biblia. Estas instrucciones a menudo son mucho menos específicas. Por ello es un error en estos casos hacer como que uno ya sabe lo que Dios ha dispuesto desde la eternidad, cuando aún no ha ocurrido. Posteriormente se puede decir muy bien: “Dios me ha dado a Gabriela y no a Juana por mujer. Yo lo sé porque me casé con ella.” Anteriormente, sin embargo, sólo se puede hablar de las instrucciones de Dios.

Si realmente no existe ningún principio bíblico en contra de un matrimonio con Gabriela o con Juana, Alberto puede presuponer que la elección es libre para él. Visto desde el punto de vista bíblico, no está mal ni bien casarse con una o con la otra (o con ninguna).

Dios no siempre nos guía tan lejos que podamos elegir entre equivocado y correcto. En Dios está la plenitud. Por lo cual sus hijos a menudo se encuentran en la posición envidiable de poder elegir entre dos o varios caminos correctos. Por eso Alberto puede casarse tanto con Juana como con Gabriela. Las dos posibilidades de decisión están de acuerdo con la voluntad de Dios, como la muestra la Biblia.

Los cristianos a veces se hallan en situaciones en las que no se trata de lo correcto o lo equivocado. No hace falta pedir consejo a la Biblia cuando se trata de si uno se pondrá el traje azul o el marrón (y si quizás podría ponerse también el traje negro o el gris). Cada uno de ellos es igualmente aceptable dentro de los principios bíblicos que limitan y determinan nuestras posibilidades para elegir (como, por ejemplo, la humildad). Después de haber pensado básicamente sobre la pregunta, se puede elegir libremente dentro de este marco.

Por lo tanto Alberto no puede hablar definitivamente de la voluntad de Dios antes de decidirse. Solamente puede decir en un sentido general: “Reconozco que Dios desea que me case con una chica como Juana o Gabriela.”

No se trata de una decisión entre lo bueno y lo malo, sino entre dos (o varios) caminos buenos.

 

 

Amor y libertad de decisión

“Creo que Dios te ha destinado como esposa para mí…” es más bien una expresión “no bíblica” frente a la libre decisión de la pareja; pero según la decisión examinada a la luz de la Biblia es una expresión totalmente apropiada.

El pensamiento de que Dios solamente ha predestinado una pareja se encuentra en la mitología griega (pero no en la Biblia). El padre de Zeus rompe en dos un disco de alfarería y arroja cada mitad hacia otra región de la tierra. Y solamente cuando se encuentren exactamente estas dos mitades se concretaría una unión apropiada. En cambio, en la Biblia se nos muestra lo que es esencialmente “indebido” en cada uno de nosotros cuando hay motivaciones egoístas y un comportamiento egocéntrico. Una pareja “congeniará”, si por medio de un amor auténtico y sobre la base bíblica crece la armonía. Lo decisivo, pues, no es algo que “concuerda” míticamente, sino la capacidad de amar de cada uno.

¡Dios no nos obliga a amar a una determinada persona, porque el amor siempre se basa en la libertad! Dios no nos obliga a formar una pareja en contra de nuestra voluntad. Por lo tanto, nadie puede acusar a Dios posteriormente (como Adán): “La mujer que tú mediste…” Para amar se precisa de una libre decisión. ¡Dios no obliga a nadie!

En una relación en desarrollo en la que falta esta libertad de decisión existen seguramente motivos e intenciones dudosos. imagínate que alguien tuviera la capacidad de influir en una chica bajo hipnosis la expresión “tu debes amarme…” y que la chica obedezca realmente a estas órdenes secretas. ¿Sería eso un amor auténtico? Absolutamente no, ya que en ese caso faltaría el aspecto de la libre voluntad, de la libertad de decisión. La chica manipulada sería semejante a una marioneta y sería abusada como objeto sin voluntad. Es cierto que la fidelidad y la responsabilidad mutua pertenecen al amor, a estar ligado. Pero el amor auténtico se une únicamente sobre la base de una decisión personal y voluntaria. Un amor sin esta alianza no sería un verdadero amor. Por tanto, los ligamentos del amor, la promesa de la fidelidad, la responsabilidad mutua, etc., deben generarse por medio de una decisión libre de la voluntad y no por una manipulación o la violencia.

 

Presión psíquica

Hoy en día lamentablemente se observa que se limita conscientemente esta libertad de decisión y se trata de lograr la docilidad de la pareja.

Como ejemplo, hay un joven que le dice a su novia:

“Si tu me abandonas, me suicido.” El dolor y el miedo de la separación ciertamente pueden presentarse de veras a los ojos del joven, pero su reacción señala un carácter incapaz de amar, egocéntrico y violento.

Nadie debería aceptar semejante presión, ya que una manera de pensar así contradice de entrada los principios del amor verdadero.

 

Presión religiosa

También puede generarse una presión parecida por medio de aseveraciones “religiosas” desmedidas, como, por ejemplo, “se me hizo evidente delante de Dios que él nos ha unido”. Y la otra persona debería doblegarse bajo la voluntad de Dios (así continúa el pensamiento secreto). En este caso, sin embargo, se trata de ejercer una “presión religiosa” de un modo imperdonable para doblegar a la otra persona.

El Dios vivo, empero, jamás se dejaría usar para intereses propios, humanos y menos para propósitos impuros, violentos. Tan poco como se puede relacionar el amor auténtico con la coerción y la violencia, Dios no puede relacionarse con el psicoterror religioso, aún cuando éste se disfrace con el manto de las opiniones espirituales más elevadas.

Tener libertad de decisión significa también que tendremos tiempo de conocer a la otra persona verdaderamente. No es posible decidirse bien si no se tuvo oportunidad de analizar las diferentes áreas de una relación. ¿Cómo puedo saber si un intercambio de pensamientos personal llevará a la armonía o al caos? ¿Cómo puedo decidirme conscientemente a amar a esa persona tal como es ella esencialmente, si no tengo la menor idea de cómo es realmente su carácter, qué piensa, qué planifica y qué se propone para su vida?

 

 

Presión sexual

En este caso se evidencia otro peligro más en una relación sexual activa: quien tiene una “adicción” sexual hacia su pareja ya no tiene la posibilidad de informarse objetiva y serenamente sobre la otra persona. En este caso, el cuerpo y el erotismo dan las órdenes pertinentes. Por lo tanto, seguramente ya no es posible examinar la unión.

En muchos casos, ocurre además que cuánto más se ocupen mutuamente en forma corporal dos personas relacionadas sexualmente, se tomarán menos tiempo para conversar sobre las preguntas esenciales de la vida, para cultivar el intercambio de los pensamientos y para conocerse como personas. Entonces la atracción mutua se alimenta sobre todo de un deseo sexual encendido y de ardientes deseos eróticos, en vez de hacerlo estando juntos en comprensión y en una armónica comunión. Cuando más tarde, en la comunidad matrimonial, se nota que existen pocas cosas en común aparte de la atracción sexual, ya es demasiado tarde pues la pareja ha sido elegida.

 

 

Presión emotiva

También queda excluida la posibilidad de una evaluación, que ayudaría en cuanto a la elección de la pareja, cuando la persona respectiva se enamora perdidamente y solamente se regodea en sus sentimientos. Sólo ve a la otra persona a través del lente rosado de su enamoramiento, piensa que ya no puede vivir sin ella, etc. Tales impresiones personales, sin examinar y solamente provocadas por el sentimiento, oscurecen la visión clara sobre los puntos que hay que examinar que en verdad deberían tenerse en cuenta. Pues ¿quién se formularla preguntas críticas sobre un objeto de necesidad vital del cual se está convencido? Es completamente normal y natural que una persona que está ahogándose, agarrará un salvavidas y no preguntará nada, ya que estará convencido de que este objeto es su salvación. Cuando una persona se convierte en “salvavidas” para otra persona, cuando uno está convencido de que solamente junto a esa persona la vida puede cobrar sentido y plenitud, entonces todo examen sobrio y sincero será imposible.

 

¿Libre elección o predestinación?

Dos cartas de lectores más:

 

Si Dios tiene un plan para nuestra vida, entonces seguramente el cónyuge, más que nadie, será una parte esencial del plan de Dios. Si en cambio me caso con aquel que yo quiero, esto no coíncídirá con el plan de Dios, y todo el plan de vida divino quedará desarticulado a la postrer. Me gustaría una explicación sobre esto.

Mónica E., 16 años.

 

¿Qué pasa si dos chicas creyentes cumplen todos los requisitos y yo las aprecio a las dos? ¿Cómo puedo saber lo que Dios pide de mí? ¿puedo, por ejemplo, tirar dados o suertes en oración?

Carlos P.

 

Por supuesto que es posible estar frente a una elección entre dos chicas creyentes. En ese caso, Dios realmente nos permite elegir libremente. Es más, él desea que decidamos libremente a quién amaremos toda nuestra vida. Si tomamos esta decisión examinándola por medio de principios bíblicos y en oración, podremos confiar en la promesa de Dios de que nos guiará bien. Tirar dados y suertes sería un proceder absolutamente no bíblico, ya que nos fue dado el Espíritu de Dios que nos revela la Palabra divina. Dios quiere guiamos por medio de él y ya no más por dados y suertes.

 

Esta libre elección…

¿sale del plan maravilloso de Dios?

Tú, querida Mónica, te olvidas que Dios no está limitado por la dimensión del “tiempo”. Para él no hay pasado ni futuro: su vista lo abarca todo como si fuese el presente. (Por eso Jesús pudo morir hace casi dos mil años por tus pecados personales; tú ya estabas presente para él en aquella época.) ¡De modo que Dios ya ha incluido en su plan el resultado de tu libre elección! Sí, aun nuestros fracasos están dentro de sus planes, lo cual no significa que no seamos responsables por ellos, o que nuestro fracaso debiera ser juzgado como positivo. Si significa que una libre elección –deseada por Dios– de ninguna manera puede desarticular su plan.

Si te has decidido, Dios respaldará tu elección. El cónyuge que elegiste (según lo que Dios deseaba y en dependencia de él) es –mirando retrospectivamente– la pareja de Dios para ti; es su voluntad, pertenece a su plan para ti.

Si tu pareja fuera “programada de antemano por Dios y si, por ejemplo, se casara por desobediencia con otra persona, esto traería como consecuencia una avalancha de nuevas decisiones equivocadas, y los planes de Dios realmente se truncarían!

Nuevamente: el amor contiene la libertad. Yo no estoy “obligado” ¡pero mis decisiones me comprometen!

A todos los que creen en Jesucristo y se ocupan de la “elección de la pareja” les deseo que tengan una clara visión para la situación personal y la de la pareja, para que contemplen esta relación a la luz de Dios, la analicen bíblicamente y lleguen a una decisión libre y responsable.

 

 

La comunidad

Vernos en el Nuevo Testamento que las personas cristianas muy frecuentemente buscaron la voluntad de Dios en la comunidad cristiana, y que Dios habló también por su palabra por medio de la comunidad cristiana. Por lo tanto, habla con cristianos maduros antes de tu elección definitiva y permite que ellos te aconsejen, te animen o te adviertan.

 

 

La oración

Si leemos el texto de la elección de una novia para Isaac (Rebeca) en Génesis 24, nos llama la atención, además de los principios ya enumerados (como por ejemplo, la “mujer creyente”, la “virgen”, etc.), un punto en especial: ¡toda la búsqueda de la pareja estaba “envuelta” en oración: en petición, agradecimiento y adoración!

Esto deberíamos recordar bien resumiendo nuestro tema “la elección de la pareja”: En todo lo que tenemos que analizar y hacer es decisivo que dependamos de Dios; siempre unidos a él en oración significa colocarnos conscientemente en su dependencia y no querer ser el alfarero de nuestra propia suerte.

Ora pues ya ahora por tu pareja futura. Si conoces a alguien, ora para que Dios te una visión clara y

examines los principios bíblicos. ¡Agradécele también si te revela por medio de su palabra que esta pareja no puede ser tomada en cuenta y sé coherente! Si confías en Dios y si crees verdaderamente que quiere lo mejor para ti, entonces le obedecerás, especialmente en esta área. Y si más adelante encuentras una esposa o esposo amoroso, ora también a Dios y agradéceselo: es un regalo inmerecido para todos nosotros que sigamos al Señor con un compañero creyente.

 

Tomado del Libro: Eligiendo una pareja cristiana,

Autor: Walter Nitsche,

Editorial: AcercaR.

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